Sobre el mar, con pie firme y abismal, se levanta un risco en La Galga, Puntallana. Tan pétreo que las caricias o bravura del inmenso Océano Atlántico no han logrado jamás horadarlo. Tan vertical que no puede anidar en él una gaviota ni crecer un florido bejeque. Murallón sin apéndices que puedan frenar una caída mortal. En su base, sólo en bajamar, se dibuja tímidamente, confundida por la espuma del oleaje, una estrecha playa de arena y piedras negro azabache, y en su cima árida y desapacible sólo crecen cardones y jaulagas. En este lugar, el sobrecogedor silencio sólo lo rompe el eco del retumbar del oleaje que acaricia con salitre los labios del caminante.
Levantando la vista del abismo, en la soledad de la cima, hacia el norte, aparece el blanco caserío de San Andrés, entre plataneras, palmeras y canelos techos de teja canaria, y , de nuevo, el azul mar. Más allá, la luz intermitente del Faro de Punta Cumplida o del Engaño, ya en Barlovento. Si dejamos la orilla, la mirada encuentra las poblaciones de Los Galguitos, Los Sauces y Las Lomadas. Mil verdes intensos y el azul del océano arropan el lugar.
Cuentan que por aquellos pagos vivía un intrépido pastor amigo del riesgo, de valor ciego e inconsciencia que brotaba de su juventud. El ardor de su corazón le pedía y necesitaba, ante la soledad y el peligro "...una pasión que endulzara su salvaje aislamiento, y una creencia que le infundiese valor en sus arrojadas empresas. Así, los dos sentimientos más sublimes que pueda abrigar el corazón humano llenaban el alma del atrevido pastor: la religión y el amor".
Por aquellas tierras de pastos vivía una doncella de alabada belleza y los sentimientos del mancebo sufrieron una atracción irresistible, que día a día se acrecentaban con los desdenes de la joven. Ésta se cansó de las pretensiones del mancebo y lo quiso probar. Antes de convertirse en su esposa, el mancebo debía acercarse al precipicio y, apoyando ambas manos en su lanza, colocando el regatón en la orilla de aquel precipicio, dar vueltas formando un semicírculo con su cuerpo desprendido en el vacío. Y así, presto y rápido, se dispuso a hacerlo el pastor mientras le palpitaba el corazón con las más dulces esperanzas. En el borde del abismo colocó la lanza, la agarró con las dos manos y exclamó: "¡En el nombre de Dios!", y diciendo esto, su cuerpo salió despedido al vacío dibujando un círculo hasta que sus pies alcanzaron de nuevo la roca. "¡En el nombre de la Virgen!", gritó por segunda vez y alcanzó de nuevo la orilla. Se acercaba el momento de ver consumado su amor y, por tercera vez, exclamó retumbando el eco: "¡En el nombre de mi dama!". En ese mometo, cuenta la leyenda, mientras se perdía su voz por los barrancos, el cielo determinó "castigarle" por invocar el nombre de una criatura en tan supremo peligro, y el desgraciado mancebo, suelto en el vacío, sintiendo bramar las olas en el fondo del abismo, no pudo volver a ganar el borde del risco, y víctima de su amor cayó precipitado al mar. Y cuentan que, desde ese lejano día, el pueblo llamó al risco "Salto del Enamorado". Aún hoy su nombre evoca, a quien se acerca a aquellas fugas abismales, la osadía del enamorado pastor.
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Muy bonita Cristo, si señor.
Preciosa narrativa.
Mis felicitaciones.
Estás sembrada Cristo. Muy buena esta famosa leyenda. ;)